Bruma Lactea en SALA:Gam
Curaduria : Julian Madero
3 de septiembre al 6 de noviembre 2026
Bruma láctea
1615. Un joven pintor, radicado en Amberes, trabaja en un cuadro sobre Rómulo y Remo. Su esposa, Isabella, entra en el estudio, acompañada de su hija Clara y sosteniendo en brazos a su segundo hijo. Clara corre hacia su padre, quien la levanta para mostrarle el lienzo. Al hundir sus grandes manos sobre la espalda de la niña, el hombre siente la carne tersa y rosada plegarse sinuosamente. Hará falta engordar a esos niños amamantados por una loba. El hombre se llama Peter Paul Rubens, y se convertirá en el más célebre pintor de cuerpos rechonchos y voluptuosos. Tal vez por eso, Michelle Sitton (Ciudad de México, 1995) lo ha citado en esta serie, realizada al calor —a la humedad— de la maternidad.
Esta exposición fue concebida entre el parto y el posparto. Algunas mujeres describen esta experiencia como adentrarse en un bosque de niebla o en un manglar: un estado confuso en el que la persona se desdibuja.
A diferencia de Rubens, Michelle pinta con su hijo en brazos, acompasando el trabajo y los cuidados. Ese vaivén configura una danza, una batalla: «la naturaleza la ha uncido al ritmo brutal e inflexible de la ley de la procreación.»[1] Un ritmo que actualiza el mito de la heroína y produce imágenes y escenarios expresados mediante el ejercicio de la pintura.
El desdibujamiento de la persona, en la serie presentada, se articula mediante diversos motivos que devienen símbolos: la nube y la niebla, la maraña de ramas y raíces, el gesto en espiral, el coro de ángeles, la ofrenda, el niño y el encuentro con el dragón. Hay una negociación entre la figuración y aquello que de monstruoso tiene el desbordamiento, la inconcreción.
Sitton dibuja insistentemente con color acumulando ritmos y fugas que trastocan la espacialidad. Pocas pinturas como la suya modulan el espacio y las escalas de manera tan audaz —pienso en Soutine y Chagall.
La obra de Michelle Sitton convoca la historia de la pintura con una soltura a la vez vital y personal, que le permite esbozar una mitología propia. Klee decía que el sentido de una pintura era hacernos felices. En esta serie, los sentidos se acumulan para dar lugar a la indagación, la con-fusión y el asombro, propiciando un tipo de alegría y extrañamiento que surge del vacío creador, de la fusión entre los cuerpos, de la permeabilidad entre el adentro y el afuera, y de la potencia del con-vivir siendo parte del movimiento.
– Julián Madero Islas
[1] Camille Paglia, Sexual Personae, (Barcelona: Paidós, 2021), 31.